Hoy podría mirar el cielo para captar el momento
en el cual los cuatros jinetes se masturban
y en su paso destrozan el mundo,
este hecho no tiene sentido para mí, como lo es para otros,
y me pregunto,
¿Virginia estas?
Virginia, aquella mujer que nunca se negó ante mi amor,
siempre encadenada a mis huesos desde el primer momento
escarbando con sus uñas puntiagudas mi corazón.
Y en todo este caos, seré sincero,
es un hábito para mí amarla de la manera más morbosa e indecente,
y soñar con ser dueño y amo de su cuerpo
para así clausurar y chapotear en su estrecho de Magallanes,
a mi antojo y capricho.
Así de burdo es mi amor,
como mi lengua, la que nunca se cansa de ser guaranga
mientras reposa en su oído,
el cual se esconde tras sus rulos.
Ella no espera dulzura al estilo ladronesco de Neruda,
solo a un escorpiano malcriado con pornografía casera,
discípulo de poetas atormentados
por su esquizofrenia etiquetada en botellas.
y, ¿Virginia estas?
Los pedazos de cielo empapelados con billetes violetas
no cesan de decorar mí alrededor,
manchando las plantas que cultivamos y cuidamos al sol,
aquellas estrellas de cinco puntas verdes.
Virginia, no puedo evitar preguntar y pedir tu presencia,
mientras imagino tus piernas que me ponen en la lista de pervertidos.
No queda mucho en pie,
y mis bocetos terminan enrulados como tu cabellera en tu oreja,
Confeso mi obsesión, la cual me aprisiona en los recuerdos
que florecen ante este fin, insomnio que comienza
llevando nuestros momentos
que como siempre, son efímeros como nuestro amor.
¿Virginia estas?
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