Desagota su mente
cociéndolas en nubes,
aunque se note a plena luz
las fisuras que margina su felicidad.
Aquella presión
que atora en su pecho,
con balas sobrevivientes
del eterno viaje
de sus frías venas.
Todos sus momentos
en exageradas morisquetas,
solo para la contemplación
de los restos en agonía del café.
Es así que remueve
las astillas de sus huesos esclavos,
desafiando el día
que no brilla, nunca brilla
sino que parpadea.
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