Desechadas las intenciones
de un simple acto de observación,
no sobraba nada más que compasión
bajo nuestras ramas temblorosas
que no hacen más que marcar el final del invierno.
Nuestra protección desmoronada
conforman el montículo que resalta en el paisaje,
tras un garabato que cautiva
con un efecto cegador, el arrepentimiento que se asoma
junto a la inyección de libertad
entre un parpadeo y el color de lo que acontece.
Al inflar la hora se decanta nuestros estímulos
por un camuflaje a puro pastos vivos
olvidando amuletos y esa vieja cruz,
mientras las burbujas escapan en busca
de caricias blancas y esponjosas.
No es un crimen derramar palabras
hipnóticas para el corazón,
anticipando el palpitar sanguíneo
de un acto demente e inconsciente,
el cuál lleva a la búsqueda interpretativa
de nombres escritos con crayón
en piernas largas junto a un tatuaje
de adolescente rebelde por vocación,
condición ambiciosa para nuestros sentimientos.
Intenciones que amanecen en dedos celosos
ya, en una primavera que nos regala extensos campos
en donde nos remite a strawberry fields forever,
allí me aparezco sumergido en la voz de esa mirada
que desechaba todo intento de comunicación
por medio a hurgar en aquella palabra que por ahora no conoció.
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